INSTITUTO RAÚL PORRAS BARRENECHEA

    viernes, 18 de enero de 2013

    PERSPECTIVA Y PANORAMA DE LIMA*

    Raúl Porras Barrenechea**


      [...] Las ciudades existen no sólo en la geografia, sino en el espíritu. Para conocer Lima no basta visitar la catedral o el Country Club, ver las momias del museo Arqueoloógico 
    o la momia de Pizarro.Precísase también de  un itinerario espiritual que lleve al viajero
     a darse con el alma misma de la ciudad, sin ubicación material [...]

    Posición y clima
    “Lima, quien no te ve no te estima”, dice una mimosa frase proverbial. Frase nacida al conjuro de la historia, envanecida con la prestancia del heroico fundador, con su opulencia de ciudad colonial, blasonada por los reyes y ufana de la plata de sus templos y mansiones, con su predominio indiano de primera y única capital del virreinato austral, arquidiócesis eclesiástica, metrópoli universitaria y sede central del comercio y de la académica y soñolienta cultura criolla. “La primera ciudad de Sudamérica y la segunda de España, si no lo era más todavía”, dijo de ella el historiador chileno Vicuña Mackenna.

    Geógrafos y astrónomos aseguran, con pequeñas discrepancias, que Lima está situada a 150 metros sobre el nivel del mar y a los 12o 2’ 50” de latitud Sur y 77° 5’ de longitud Oeste del meridiano de Greenwich. Esto no sirve tanto para identificar la situación de la ciudad como para deducir de esa posición el clima que ella goza. Ha sido tradición afirmar que ese clima era de una benignidad celeste. Don Hipólito Unanue lo decía ya en 1799, en su obra sobre El clima de Lima. La ciudad contó siempre entre sus prerrogativas ilustres, a la par de sus coronas reales y de sus privilegios virreinaticios, este don amable de gozar de “una eterna y continuada primavera”. Ni calores excesivos, ni fríos intensos, ni lluvias abundantes. Resguardada por el Norte y el Oriente por ramales de los Andes, y refrescada por el Occidente y el sur por vientos húmedos y nebulosos, ninguna brusca transición atmosférica interrumpe la languidez de su reposo. Tres o cuatro veces, en 1552, en 1720, en 1747 y en 1803, se han oído retumbar el trueno en su contorno y brillar los relámpagos. Pero es tan anormal e inusitado el fenómeno, que, leído en las historias por los limeños de hoy, parece cuento.

    La garúa y los temblores
    No quiere decir todo esto que la ciudad no tenga sus meteoros distintivos. Sus originalidades climatológicas son la garúa y los temblores. Ambos definen momentos de la ciudad y deciden matices psicológicos del alma limeña. Nada más análogo al ingenio criollo, por superficial, por menudo y hasta por inconstante, que ese rocío intermitente de nuestros inviernos que se desliza finamente por el harnero celeste, y que, con una ironía muy frecuente, inunda las calles, traspasa los techos y empapa a transeúntes, a quienes se ha inculcado previamente la inutilidad del paraguas. La garúa, la inofensiva “mollizna”, como la llaman los científicos, crea y decora uno de los aspectos vespertinos más propios de la ciudad. Pocas horas más limeñas que esa de las seis de la tarde, de bullicio en los jirones centrales, de honda y crepuscular melancolía en los paseos abandonados. La garúa desciende entonces con una gracia leve y presurosa, arropa las casas con un gorro de neblina y se desliza entre el trajín urbano, hasta que pinta un húmedo brillo en los asfaltos, engarza algunas cuentas de cristal en los alambres telefónicos, estruja el diario de algún lector callejero, amontona junto a las aceras un copioso fango municipal y se disipa, después de haber alucinado a unos cuantos extranjerizantes con su picaresca e insidiosa comedia invernal. Tan genuinos como la garúa son los temblores. El temblor sustituye adecuadamente a la tempestad, espectáculo demasiado trágico y solemne para el ligero espíritu criollo. Algo de la bufa alma limeña hay, en cambio, en el fenómeno sísmico. Si la garúa es irónica, el temblor parece una broma de algún oculto dios subterráneo. Broma que, a veces, muy pocas, se convirtió en tragedia, única forma, por otra parte, de conservar el terrorífico prestigio de la burla. Pocas visiones, en efecto, más cómicas y capitolinas que la del temblor. Con el “cierrapuertas” podría formar la tragicomedia del susto criollo. Nada más abigarrado, ni más risueño, que ese despavorido conjunto que irrumpe en el cuadro callejero, entre las cogitaciones del miedo, exhibiendo las más jocosas e inesperadas disonancias de la indumentaria y de la actitud. Pero no sólo como espectáculo es típico el temblor. Descubre también debilidades del ánimo criollo. Así como el cierrapuertas provoca, aun en los más intransigentes y callejeros conspiradores de palabra, una inminente nostalgia hogareña y la más repentina adhesión al orden público, el temblor devuelve la fe a escépticos e indiferentes y despierta súbitamente en todos los corazones un fervor medroso y una piedad contrita y pusilánime.

    A falta de rayos, truenos y lluvias torrenciales, la ciudad era intermitentemente sacudida por los temblores, y fue destruida totalmente por los terremotos en 1606, en 1687 y en 1746. El clima modelaba la molicie, la indolencia y el escepticismo limeños, esa ociosidad de maledicencia y chascarrillo que todavía perdura; pero las bruscas sacudidas terráqueas restauraban, para satisfacción del inglés Buckle, el prestigio absorbente de la fe, la ciega adhesión a Dios y el ideal ascético de la estirpe castellana. ¡Castizos colaboradores de la Inquisición fueron los temblores! Cada vez que la ciudad se apartaba del rígido ejercicio espiritual, aparecía en la Plaza Mayor algún fraile penitente que podía ser fray Francisco Solano, el amansador de toros salvajes en el Tucumán, con los brazos alzados al cielo y el sayal desgarrado, anunciando la destrucción de la Nínive pecadora.

    Todo aquello se halla hoy olvidado, y hasta la geografía parece urgida de renovación. Wilde se habría encantado al hallar la comprobación de su paradoja contra Montesquieu: es el clima el que se modifica por los hombres y la civilización. La modernización de Lima ha coincidido con apreciables cambios climatológicos. No se sabe bien si los veranos son más ardientes y los inviernos más fríos, pero las playas de moda: Ancón, la Punta, la Herradura, Chorrillos, aumentan considerablemente su población y su confort, y el invierno se hace duro para los limeños y limeñas de hoy, sin ropa de lana y sin pieles caras. Chosica, en las estribaciones de la cordillera, a una hora de tren o de automóvil, atrae, en busca de unas horas de sol, a todos los hostigados por la húmeda niebla limeña. Los hombres de ciencia comprueban, simultáneamente a la instalación de chimeneas y aparatos de calefacción en algunas casas, el alejamiento de nuestras costas de la cálida corriente del Niño, compensadora de las frialdades aportadas por la corriente polar de Humboldt. La antigua e insignificante garúa limeña, que casi no merecía a nuestros antepasados el nombre de lluvia, inunda ahora las pistas de asfalto, con derroche tropical.

    La ciudad parece haber olvidado también el azote de los temblores, y, en prueba de moderna incredulidad, hasta el arzobispo ha construido una casa de cinco pisos. Tan sólo como un rezago, como una superstición que se aferra a lo pintoresco para no desaparecer, recorre aún la ciudad, en el mes de octubre, la procesión del señor de los Milagros. Procesión ésta de mantos violetas, durante la cual parece haberse derramado por las calles un frasco de tinta morada, pero que no es ya la urgencia de pedir a Dios la mitigación de los males, sino tan sólo la ocasión de escoltar a las limeñas, místicamente ataviadas de mantilla, y de comer turrones, conforme al clásico calendario gastronómico de Lima.

    Felizmente, garúa y temblores al fin limeños, no son tenaces. Las lluvias duran de abril hasta octubre, dicen los meteorologistas, y los temblores sobrevienen a la entrada de la primavera y del estío. Lo que no impide que llueva a veces en enero y que haya temblores en junio. Nuestra indisciplina comienza por la meteorología.

    El cerro y el río
    Mejor que los paralelos y los meridianos, determinan la posición de Lima dos fáciles accidentes geográficos: el Rímac y el San Cristóbal; los dos, testigos inmemoriales del auge limeño. Río y cerro que tienen tradición y leyenda y que viven indisolublemente unidos a la historia de la ciudad. Una sublevación de indios, en tiempos de la conquista, fue dominada el día de San Cristóbal, y dio nombre cristiano y castizo al montículo; en cambio, el nombre de Rímac es voz indígena que significa “el que habla” denominación la más apropiada para el canal que distribuye las aguas a la ciudad murmuradora y parlante. Distinción ésta que trasciende la nomenclatura y parece encarnar en las cosas. Así, el cerro se yergue al Norte de la ciudad, vigilante y altanero como un hidalgo castellano, ostentando la católica cruz sobre la cima. El río, en cambio, humilde y sinuoso como el alma del indio, es un expoliado que se arrastra repitiendo una queja que habrá de convertirse en rugido en algunos de los periódicos desbordes de su cauce. Nada debe la población al cerro árido e indiferente, en tanto que el río, sometido y canalizado, riega y fecunda con infatigable energía los campos que rodean a la ciudad y abastece a ésta de agua y de fuerza motriz. Y es tan diverso el destino de uno y otro, que al cerro inofensivo llegóse a atribuir entrañas de volcán, en tanto que al río tormentoso se le hurtan zonas de su cauce, y hay limeños que, ante la escasez de volumen de sus aguas; sonríen de que se hayan tendido puentes para vadear aquella líquida ironía.

    Fundación de la ciudad
    El predominio limeño no fue una imposición de la naturaleza ni de la historia. Se confabularon para crearlo la obra feliz del azar y el capricho del conquistador voluntarioso. El humilde valle, por cuyo fondo corre el riachuelo del Rímac, no era, geográficamente, la capital de la exuberante región en que se levantan los Andes colosales y por la que corre el río más grande del universo. No lo era tampoco por el prestigio de la tradición. El señorío de Cuismanco, con los fértiles valles de Pachacámac y del Rímac y sus ídolos triviales, fue uno de los que más dócilmente aceptó la denominación de los Hijos del Sol, cuando Pachacútec descendió del Collao legendario. Entre sus más humildes vasallos, el Inca no habría reparado en el cacique del Rímac. De las áridas y ardientes tierras de esta sección de los Yungas no había surgido ninguna contribución original a la cultura del Imperio. El culto rendido a Pachacámac, hacedor y sustentador del universo, era de origen incaico. La civilización material, la organización política y social, así como los grandes guerreros y los legisladores pacíficos, habían hecho su aparición junto a la meseta en que duerme el lago sagrado y ancestral. El Cuzco era, por la antonomasia de su esplendor y de su historia, la sede del apogeo solar, “el ombligo” del Imperio y del mundo...

    La fundación de Lima fue obra del azar, si no de la equivocación y su prosperidad, consecuencia de la buena fortuna de su fundador. al avanzar Francisco Pizarro de Cajamarca hacia el Cuzco, después de haber ejecutado a Atahualpa, considerando que se alejaba mucho de la ciudad de San Miguel de Piura, la primera que fundara en las cercanías de su desembarco, se decidió a establecer una población que sirviera de centro a sus conquistas, para lo cual escogió el valle de Jauja, en la cordillera, junto al pueblo indígena de Atun-Jauja. Pero los vecinos alegaron a poco razones paradójicas para pedir a Pizarro que trasladara la ciudad a los llanos. El valle de Jauja, considerado hoy por su feracidad y por la bondad de su clima como el granero
    y el sanatorio de nuestra capital, fue tachado por los descontentadizos vecinos de estéril e insalubre. El valle era frío y de muchas nieves, y no se podían “criar puercos, ni yeguas ni aves, por razón de las muchas frialdades y esterilidad de la tierra”, según representó el Cabildo a Pizarro. Añadíase a estas desventajas la falta de madera para construcciones y leña y la distancia de la mar. Pizarro, atendiendo a estas razones, decidió el traslado de la ciudad a la costa, y nombró desde Pachacámac a Ruiz Díaz, Juan Tello y Alonso Martín de don Benito, quienes tenían la experiencia necesaria, por haberse hallado en anteriores fundaciones de pueblos, para que buscasen y se informasen en la comarca del Rímac el lugar donde pudiera asentarse cómodamente un pueblo.

    Los comisionados de Pizarro hallaron y eligieron el asiento actual de la ciudad, en el que había un pequeño caserío de indios, y el que juzgaron lugar “sano y airoso”, con muy buenas salidas y tierras para labrar y abundancia de leña. El gobernador aprobó la elección de sus enviados, por cuanto él había visto y paseado ciertas veces la tierra del dicho cacique de Lima, y junto al río y “contiene en sí las calidades susodichas que se requieran tener los pueblos y ciudades para que se pueblen y ennoblezcan y se perpetúen y estén bien situados”. Escogido así el asiento de la futura capital del Perú, a la que se dio el nombre de Ciudad de los Reyes, en honor de los monarcas españoles según unos, o en recuerdo del día de la Epifanía, en que se halló el sitio de la ciudad, según otros, Pizarro procedió a fundar Lima, lo que hizo con las proverbiales solemnidades el 18 de enero de 1535.

    Sin ofender los títulos que después adquirió, y sin hacer agravio a su tradición ya venerable, debe decirse que la capital fundada por Pizarro fue, en aquellos días del apogeo del Cusco, de Cajamarca y de Quito, una ciudad advenediza, la hija y la heredera afortunada de aquel audaz aventurero. Su subsistencia y su grandeza estuvieron ligadas inicialmente a la buena suerte de su fundador. Si Pizarro hubiera sido derrotado en la batalla de las Salinas, Lima se hubiera quedado en cimientos, y todo el oro y el prestigio del Virreinato hubieran servido para engrandecer y hermosear la ciudad de Almagro, que el compañero y el rival de Pizarro comenzaba a levantar en las inmediaciones de Chincha, para que fuera émula de la naciente villa del Rímac.

    Triunfador Pizarro, Lima fue la capital de su gobierno, cabeza del Virreinato y de toda Sudamérica. Los reyes hispanos la colmaron de títulos y blasones. En tres siglos de coloniaje y de hipérbole señorial, la ciudad criolla llegó a creer en la nobleza de su linaje, a medida que se desvanecía la memoria del cuidador de cerdos que la fundara. La independencia consolidó esa primacía limeña y asentó la conciencia capitalina de la ciudad. En cien años de República, la organización política, la imperiosa dirección espiritual ejercida por Lima, la centralización de todas las actividades del comercio, de la agricultura y de la industria que hacia ella convergen, han consumado la decisión del arbitrario conquistador. Lima es hoy, por su población, por su extensión y por su cultura, la primera ciudad del Perú, su capital indiscutible, la cifra y la síntesis de nuestra República heterogénea.

    Lima primitiva
    Sobre la banda izquierda del Rímac asentó Pizarro la ciudad, dándole, según refieren los cronistas y aparece en los antiguos planos, una forma triangular, cuya base se recuesta en el río, dejando entre éste y los primeros edificios un espacio de cien pasos, que fue reservado para ejido.

    Pizarro mismo, acompañado por los primeros cabildantes, trazó con la espada hazañosa de la isla del Gallo su cuadrilátero histórico, y presintiendo en toda su genialidad vidente de fundador el torrente de vida y de pasión que habría de albergar esa concavidad, batiéndose y estrellándose entre sus lados, como mar prisionero, instaló en tres de los frentes de la Plaza, como infranqueables muros de su época, el Palacio del Gobernador, la Catedral y el Cabildo. Dios, el Rey y el Pueblo, los tres grandes protagonistas en el drama español del siglo XVI, fueron así los testigos citados por Pizarro para presidir el destino de la ciudad y para asistir a la aventura de su historia como eternas e impasibles cariátides.

    El área de la ciudad fue seccionada, como un tablero de ajedrez, en 117 islas o cuadras. Cada manzana, de 15.687 metros, fue dividida en cuatro solares. Las calles, anchas y derechas, y orientadas del Sudeste al Noroeste, consultaban el que a toda hora del día hubiese una acera en la sombra, al mismo tiempo que los vientos alisios, que soplan constantemente del lado Sur, incidiesen de un modo oblicuo, para procurar una moderada circulación del aire. Esta sabia disposición de las calles que el marqués adoptó, con los consejos de los “artífices y personas de mejor discurso”, permitía ver el campo desde la Plaza Mayor, y en lontananza el mar. La historia ha transmitido los nombres de los que acompañaron a Pizarro en la fundación, los que, contándole a él, fueron trece, como los que le siguieron en la isla del Gallo. Era ése, por lo visto, el número de su fortuna y de su gloria. Los nombres de los penates limeños fueron: Nicolás de Ribera, el Viejo, y Juan Tello, los dos primeros alcaldes; Alonso Riquelme, tesorero; García de Salcedo, veedor; Nicolás de Ribera, el joven; Rodrigo de Mazuelas, Ruiz Díaz, Alonso Martín de don Benito, Cristóbal Palomino, Diego de Agüero, Antonio Picado, secretario del Gobernador, y Alonso Tinoco, que fue el primer cura que hubo en Lima.

    Se agregaron a los fundadores treinta españoles que vinieron de San Gayán y veinticinco indios de Jauja. A estos primeros vecinos se les repartió solares, por los que tenían que pagar, a falta de moneda, un censo de gallinas,disposición que se modificó cinco años después.

    Trazada así y repartida el área, la villa naciente fue creciendo y poblándose con urgencias de vida y de grandeza. Largo sería detallar el lento surgimiento de la ciudad, a la que sus primeros pobladores infundieron la recia alma castellana del siglo XVI. Recogida, silente, menesterosa y austera, fue la Lima de los días previrreinales. A falta de las riquezas, que la cornucopia de la fortuna no derramaba aún sobre su propio suelo, sino que las depositaba en la comba potente de los galeones, le sobraron desde su cuna honores y blasones. Para su escudo nobiliario le otorgó la magnanimidad de Carlos V, en 1537, coronas que eran el símbolo de la realeza, columnas que representaban su inquebrantable lealtad y una estrella para presidir su destino fulgurante. Se la motejó también heráldicamente como “la muy noble, muy insigne y muy leal ciudad de los Reyes del Perú”.

    Durante su primera centuria, la ancha y silente ciudad fue creciendo alrededor de la Plaza Mayor. Sin fausto y sin vanidad fueron levantándose las humildes fachadas de las casas. Los edificios, de un solo piso, eran de ruin fábrica, según lo relata el Padre Cobo, “cubiertos de esteras, tejidas de carrizos, y madera tosca de mangles, y con poca majestad y primor en las portadas y patios, aunque muy grandes y capaces”. En lo único en que la ciudad ponía singular empeño era en la fábrica de los templos. La piedad hacía surgir sin descanso nuevas iglesias y alzarse cada año alguna torre desde la cual llamar con el tañido de una campana más a la oración incesante. El mismo Pizarro había dado comienzo a la fundación, poniendo “por sus manos
    la primera piedra y los primeros maderos” de la iglesia que había de ser poco después la catedral de Lima, y la que fue colocada bajo la advocación de Nuestra Señora de la Asunción. Hernando Pizarro hizo construir a poco el convento y la iglesia de la Merced. Surgieron en seguida San Francisco, en 1535; la capilla de la Veracruz, dotada por el mismo Pizarro, en 1540; el Sagrario, en 1541; Santo Domingo, en 1549; Santa Ana, en 1550; la admirable iglesia de San Agustín en 1551; la Encarnación, en 1558; la Caridad, en 1559; San Sebastián, en 1561; San Lázaro, en 1563; La Concepción, en 1573; la Trinidad, en 1580; la iglesia de Santa Clara, a la que Santo Toribio hizo el regalo de su corazón, en 1596; San Carlos, en 1597; San Pedro y San Pablo, en 1598; las Descalzas, en 1603, y la Recoleta Dominica, en 1606.

    El convento de San Francisco, dirá más tarde un hiperbólico viajero francés, ocupaba la octava parte de la ciudad. El área de los templos era superior a la de todos los edificios públicos reunidos, a pesar de que en 1562 la población había comenzado a extenderse al otro lado del río, en el barrio de San Lázaro, y de que en 1571 se había fundado para residencia de los indígenas el Cercado, rodeado de un alto muro.

    La ciudad carecía entre tanto de palacios y de paseos. La residencia virreinal tenía por frontispicios los inmundos tenduchos llamados “cajones de ribera”, y la Plaza Mayor, la única de la ciudad, servía al mismo tiempo de mercado o “tiánguez”, como se decía en la época, de atrio de mercachifles, escribanos y sacristanes (eran en la plaza el comercio, las cortes y la iglesia), de redondel de toros en las grandes solemnidades, de paseo de la aristocracia en las noches, y a diario de ágora criolla de la maledicencia y la chismografía. Pero la ciudad sufría gustosa tales deficiencias con tal de ornar la piedra hasta el cansancio en las portadas de las iglesias y de multiplicar sobre la chata superficie de sus edificios las esbeltas siluetas de las torres sonoras.

    En otro capricho se complacía también la holgura de la ciudad, según nos lo cuentan fray Reginaldo de Lizárraga y el padre Cobo, y era en las extensas y perfumadas huertas que rodeaban los edificio, y cuyos ramajes, cargados de frutos, asomaban su verdor y su fragancia por sobre los altos muros de adobes. El minucioso Cobo nos dice, en efecto, que todas las casas “son capaces y anchurosas, con grandes patios, corrales, huertas y jardines”. Y Fray Reginaldo, enguirnaldando la frase, refiere que “desde afuera no parece ciudad, sino un bosque, por las muchas huertas con naranjos, parras, granadas y otros árboles frutales de la tierra, por las acequias que por las cuadras pasan”.

    Lima del siglo XVII fue toda en sus iglesias y en sus huertas. Construida de materiales toscos, desprovista de comodidades, descuidada y antihigiénica, sin agua, sin policía y sin alumbrado, careció la ciudad de prestigio civil y de la gloria, aún desconocida, del confort, pero pudo envanecerse, en cambio, de serenar el alma con el tañido de sus bronces dolientes y de embriagarla con la furtiva esencia de sus madreselvas y jazmines.Un doble significado musical y floral encierra lo que dijo José Gálvez: “Lima, ciudad de campanas y de campanillas”.

    Lima en el siglo XVII
    Al comenzar el siglo XVII Lima ha adquirido ya su fisonomía peculiar. Sus campanarios y sus cúpulas le dan a la distancia esa gracia musulmana que ha de sorprender a los viajeros. Y como la religiosidad no ha decaído, sino que se ha estimulado por asombrosos ejemplos de santidad, y es la época áurea del Virreinato, los alarifes continúan levantando arcos y bóvedas para cobijar la creciente piedad de los fieles. Se aunan en la obra el fervor más intenso y el más esplendoroso boato.

    La ciudad ha seguido creciendo hacia el Sur y hacia el Este, nos dice en interesantísimo estudio sobre el plano de Lima el ingeniero Tizón y Bueno. Por la parte meridional alcanza a unirse a la ermita de Guadalupe, situada a trescientos pasos, y se extiende a Belén y la Recoleta, fundados en 1604 y 1606. Por el Este llega a Santa Clara, los Descalzos, San Ildefonso y el Carmen. Los puntos de avance de la ciudad los marcan las iglesias. El censo del marqués de Montesclaros arrojará sobre un total de 26.441 habitantes, un 10 por 100 de clérigos, canónigos, frailes y monjas. Juan María Gutiérrez podrá decir de Lima que era “un inmenso monasterio de ambos sexos”. Florecen en los claustros Santa Rosa de Lima, San Francisco Solano, Fray Martín de Porres, y en la silla episcopal, Santo Toribio de Mogrovejo.

    Pero Lima no es sólo eso en el siglo XVII, sino que es la feria comercial más importante de las colonias, adonde llegan las mercaderías de Europa que han de distribuirse a toda Sudamérica, y de donde parten las armadas que llevan los millones de ducados a Tierra Firme y España. Con la riqueza crecen la edificación y el ornato externo de la ciudad. Empiezan a usarse más nobles materiales de construcción para las casas. Se utiliza el roble para las vigas y tablones, primorosamente tallados; se trae piedra de Panamá para los frontispicios, madera de guayaquil y cedro de granadillo de Tierra Firme y de Nueva España para puertas, celosías, ventanales, balcones, sillas, mesas y vargueños. La falta de canteras en las cercanías de la ciudad, que excluye la piedra de la mayor parte de las construcciones, hace derivar el anhelo plateresco de los artistas hacia la talla en madera. Surgen entonces los altares, los púlpitos, las sillerías de coro, las retorcidas escaleras y los techos artesonados, los balcones calados, todos los prodigios y primores de la marquetería colonial.

    Crece también el lujo personal de los limeños. El Padre Cobo se admira en 1629 “de la vanidad de trajes, galas y pompa de criados y librea”. En ese año pasan de 200 las carrozas de la ciudad, y son todas ellas costosísimas, “guarnecidas de oro y seda con gran primor”. Nobles y simples ciudadanos visten únicamente ropa de seda. En el interior de las casas se prodigan los damascos y las más finas telas y encajes que se tejen en Holanda, en Venecia, en Bruselas y en Flandes. “No se halla ninguna —dice el cronista que seguimos—, aun de la gente más humilde y pobre, en que no se vea alguna joya o vaso de plata o de oro”.

    Todo este frívolo fausto está subordinado, sin embargo, al servicio divino. El oro, las piedras preciosas, los tapices y las sedas se prodigan, sobre todo, en los templos o al paso de las procesiones. Las andas pasan cargadas de joyas por calles que la piedad y el orgullo han pavimentado con barras de plata. Las más ruidosas fiestas del siglo XVII son las de la canonización de Santa Rosa y de Santo Toribio de Mogrovejo, fiesta esta última de la que queda en La Estrella de Lima, de Echave y Assu, una prueba de que la literatura
    vestía entonces también su más gallardo oropel.

    Pero los santos y los iluminados de la Colonia, que realizan milagros pueriles, como el de hacer sudar a las imágenes o comer en un plato a perro, pericote y gato, no logran salvar a la ciudad del flagelo de los terremotos ni prevenirla contra el ataque de los piratas. En 1687 Lima es destruida por una tremenda sacudida terrestre, y en 1685, el duque de la Palata, celoso guardador de sus riquezas, prefiere preservarla rodeándola de una poderosa muralla con treinta y cuatro baluartes, para defenderla eficazmente de los temibles filibusteros. Son, a pesar de la fe, los dos sucesos más notables del siglo religioso limeño.

    Lima en el siglo XVIII
    Jorge Guillermo Leguía nos ha afirmado en su lujosa descripción de Lima en el siglo XVIII, que, a pesar de los contrastes del comercio, interrumpido por piratas; de la supresión de las encomiendas, de las desmembraciones del Virreinato y del terremoto en 1746, causas que contribuyeron al empobrecimiento de Lima, continuó sin desmayo la fiesta colonial.

    El aspecto de la ciudad sigue siendo austero y sombrío como el de un claustro. Los viejos solares, de portalones solemnes, los zaguanes oscuros y las altas cercas de los monasterios, prestan sombra y silencio a las calles. Las campanas —como en la Quito evocada por Rodó— son lo único que suena alto en la ciudad, envuelta, según el decir de Vicuña Mackenna, en “la doble neblina del Rímac y del incienso”.

    Pero tras la apariencia grave, el alma de la ciudad se sonreía, como el rostro de la tapada bajo el manto encubridor. Dentro de las casas señoriales, la limeña alegraba la vida de los traspatios luminosos, plenos de geranios y de trinos de canarios, y entregaba a la linfa afortunada de los estanques familiares el codiciado secreto de su belleza. Tras de los muros de los conventos surgía la alegre fiesta de los jardines y de los azulejos, y en los claustros propicios el libertinaje triunfaba ya sobre la oración. “A pesar de la religión, que es inflexible —dice Ventura García Calderón—; a pesar de la honra, que es tirana, no es raro el delicioso relajamiento de Versalles”.

    Vida y cultura llegan al ápice, dice el mismo florido cronista. Pero la hegemonía no la ejercen los emperifollados doctores ni los monstruos de erudición que entonces albergaba la Universidad, sino que la atención, el orgullo y el mimo de la ciudad estuvieron concentrados alrededor del más grácil de los personajes: la limeña. Ella resume lo más típico del setecientos limeño, en el alma, en las costumbres y hasta en el traje. Nadie como ella encarna el ingenio, la agilidad incesante, la malicia y la agudeza de la inteligencia
    criolla. Por traviesa y por maliciosa, porque comparte con ellos el cetro de la gracia o se los arrebata a menudo la denigran los dos ingenios más cáusticos de la época: Concolorcorvo y Esteban de Terralla y Landa. Pero tanto en El Lazarillo de ciegos caminantes como en Lima por dentro y fuera, ella es, a despecho de los resentimientos de ambos satíricos, el mayor atractivo del cuadro. Coqueta, supersticiosa, derrochadora, amante del lujo, del perfume y de las flores, ella domina en el hogar, atrae en los portales y en los estrados de los salones, edifica por su piedad en la iglesia, y en los conflictos del amor, de la honra y de la política es el más cuerdo consejero, cuando no el actor más decidido, que obliga a algún desleal a cumplir su palabra o pone en jaque al mismo Virrey del Perú. El único que las desacata y las resiste es el huraño Virrey, a quien ellas llamaron Pepe Bandos, pero es a riesgo de la impopularidad.

    Su mayor originalidad y su gracia más genuina la reservaron, sin embargo, para su atavío. La saya y el manto no se usaron sino en Lima. Los visitantes extranjeros se detuvieron siempre seducidos por el pintoresco y enigmático traje de “las tapadas”. La saya ceñía tentadoramente las caderas y se detenía a la mitad de la pierna, para dejar visible la media de seda y el menudo pie de la limeña. El manto dejaba solamente al descubierto un ojo, cuya mirada hacía presumir la gracia oculta del rostro.

    El burlón Concolorcorvo dirá a propósito de la clásica vestimenta de las limeñas, “que toda su vizarría la fundan en los vaxos, desde la liga a la planta del pie”. La picardía del embozo, las jugarretas que con él realizaban las limeñas, daban a las calles el aspecto de un baile de máscaras. Y fue tal este amable absolutismo, durante el siglo XVIII, que la villa misma pareció construida por el capricho tiránico de la mujer y bajo el dictado de su implacable coquetería.

    Hay una íntima correspondencia entre el ambiente de la ciudad, entre la arquitectura misma de ésta y el alma de la limeña. La severidad y aridez de afuera contrastaban con la alegría y desenvoltura de adentro. Muros severos y portalones oscuros resguardaban la andaluza fiesta de los jardines, como la picaresca sonrisa de la limeña se escondía bajo el manto encubridor.

    La celosía, el mirador, la cancela, toda aquella arquitectura de atisbo y de recato, parece fraguada por la misma fantasía diabólica de quienes imaginaron el manto y manejaban divinamente el arma aleve del abanico.
    El personaje céntrico del siglo XVIII no es el políglota y polierudito don Pedro de Peralta y Barnuevo, a pesar de sus conflictos con la inquisición, sino la descocada comedianta Miquita Villegas, “la Perricholi” que se roba el corazón de un Virrey senil y se hace pagar el ardor de una pasión retardada con una quinta versallesca y un paseo de aguas que le sirviera de espejo.

    Lima republicana
    La mimada ciudad de los Virreyes se transformó con la independencia en la “heroica y esforzada ciudad de los libres del Perú”. Por un momento pudo creerse en una transformación radical del alma y del ambiente limeños. En efecto, de 1810 a 1816, la vida limeña cobra una inquietud inusitada. Los primeros levantamientos realizados en las colonias vecinas determinan al Virrey del Perú a asumir la contraofensiva revolucionaria. Lima es por algunos años el cuartel general de la resistencia española y el más fuerte baluarte del Rey. Llegan a su recinto y salen de él tropas peninsulares y criollas que van a deshacer los ejércitos patriotas en toda Sudamérica.

    Los periódicos —cuya aparición se ha permitido por entonces— son leídos con avidez. La sedición alienta en el mismo palacio del Virrey. Entre sus favoritos y consejeros cada día se descubren nuevas conspiraciones. El lugar de reunión más característico de la época es el café. Allí, alrededor de las mesas en que se juntan a beber, a jugar y a discutir, cuando no a esto sólo, tahúres, clérigos, burócratas, desocupados y estudiantes, se comentan en alta voz los sucesos que trae La Gaceta y hasta aquellos cuya publicación no ha permitido la censura. Entre los parroquianos hay algún desconocido que pasa por comerciante, y es acaso agente secreto de San Martín, que alienta los descontentos contra el Gobierno y aplaude las exaltaciones de algún joven carolino que, porque diserta a favor de la patria, bien pudiera ser Sánchez Carrión. La discusión, tímida y susurrante al iniciarse, se torna pronto en vocerío, culmina en diálogos irritados, y va a tener un desenlace violento que puede comprometer a muchos, cuando la repentina agudeza de algún fraile disuelve todo aquel acaloramiento en hilaridad. Lima, capital del ingenio, se esforzaba ya, desde 1810, por ser libre, usando su favorita arma del epigrama.

    Con la llegada de los ejércitos libertadores de San Martín y Bolívar, la vida se trastorna aún más. “Aquella apacible ciudad de los místicos amores —dice Vicuña Mackenna— comenzó a oír los juramentos de soldados extranjeros a su suelo; el claustro se convirtió en cuartel; el paraíso en eriazo, y aquella olorosa Lima... se puso hedionda con el olor a azufre y con el sudor de los soldados de Ultramar, vestidos todavía con los andrajos de los presidios peninsulares”.

    Pero la alteración fue momentánea. Pasado el turbión revolucionario, la ciudad recobró su fisonomía y sus costumbres coloniales.

    La vida social volvió al siglo XVIII. El reposo, la monotonía, la inercia y el tedio de la ciudad cuando Terralla y Landa escribía en El Diario, de 1790, “La semana de un currutaco en Lima”, eran los mismos que cuando don Felipe Pardo, en 1840, describía el inusitado “Viaje” del Niño Goyito para el Espejo de mi tierra. Radiguet, que contempló y describió Lima cuatro años más tarde, se asombraba de encontrar en ella como en ninguna otra ciudad sudamericana la persistencia arcaica de las costumbres, de los trajes y de las formas arquitectónicas. No habían desaparecido con la República las rígidas distinciones de casta, las “tapadas” seguían vistiendo su típico traje, aunque aprendieran a conspirar, y como los cuartelazos y la algarabía política no dejaban tiempo para innovaciones, la ciudad se conservaba inalterable.

    La riqueza fiscal producida por el descubrimiento del guano, unida a unos cuantos años de paz civil, vinieron a redimir a la capital de su largo período de estancamiento. El presidente Castilla la dotó de un ferrocarril que la unió al puerto del Callao, de los servicios de agua de que carecía hasta entonces y del enlosado y alumbrado en las calles. La embelleció además con la reparación de la Alameda de los Descalzos y la erección de los monumentos a Colón y a Bolívar.

    El segundo impulso de adelanto lo recibe la ciudad en 1870, en el período presidencial de Balta. El ingeniero Meiggs, que trazaba entonces los planos de los más grandes y audaces ferrocarriles peruanos, obtuvo autorización para demoler las opresoras murallas levantadas por el duque de la Palata, que hasta esa época detenían el crecimiento de la población. Esta se extendió entonces prodigiosamente, reemplazando los antiguos muros por anchas avenidas de circunvalación. a la visión certera y previsora de Meiggs se unieron, para transformar Lima, el espíritu artístico y la infatigable actividad de Manuel Atanasio Fuentes, a cuyo gusto y bajo cuya inspiración se trazaron los planos del palacio de la Exposición de 1872 y de los jardines que lo rodean, dentro de los cuales se hallaban los actuales Parque Zoológico y Parque Neptuno.

    Piérola, que según lo ha dicho Gálvez, tuvo el “culto helénico por la ciudad representativa”, abrió nuevas perspectivas de adelanto urbano. En su período, de 1895 a 1899, se fundan compañías urbanizadoras que entregan zonas nuevas a la edificación y prolongan el área histórica de la ciudad a los fundos que antiguamente fueran quintas de recreo y de cita para las cabalgatas de la nobleza colonial y de la no menos encopetada aristocracia republicana. En la antigua huerta de la Victoria, donde el presidente Echenique diera un baile deslumbrante, surge un barrio obrero, y al Este de la ciudad la clase media improvisa el barrio alegre y amplio del Chirimoyo. La principal obra edilicia de Piérola es, sin embargo, la apertura de dos grandes arterias centrales: el Paseo Colón, hoy el más hermoso de la ciudad, que dividió los parques de la Exposición, y del que irradian ya múltiples avenidas, y la amplia calle de La Colmena, que fue también concebida por aquel mandatario.

    El último y más decidido impulso en esta creciente modernización y embellecimiento de la ciudad pertenece al Gobierno de Leguía. De 1919 a 1930, Lima se ha transformado. El área de la ciudad se ha abierto avasalladoramente paso hacia el Sur. Amplias avenidas de asfalto unen Lima con el Callao, La Punta, Miraflores, Chorrillos, la Magdalena, Chosica y los demás suburbios limeños. Surge una Lima nueva, amplia y clara, rodeada de árboles y césped, algo americanizada por el confort y el asfalto, pero que, en algunos aspectos, se adhiere insistentemente a la tradición. En los balnearios limeños, cuya continuidad con la ciudad se halla casi establecida, prepondera en las casas el gusto español o las reminiscencias del estilo colonial y morisco. Perduran celosías y balcones, detona la gracia de los azulejos, y en el interior de las residencias subsisten o se renuevan los moblajes a la usanza colonial: vargueños, mesas taraceadas, sillas de vaqueta y los viejos utensilios de plata que reproduce fielmente una industria limeña rediviva. La tradición impera en Lima invenciblemente, e impone sus normas a los más modernos edificios. Son de estilo español el nuevo palacio arzobispal, el Country Club, el hotel Bolívar y los edificios de la gran plaza San Martín, en construcción. Los nombres de las calles guardan todavía pintorescas reminiscencias; hay rincones antiguos que no han perdido su nostalgia, y en algunas plazoletas olvidadas bajo la sombra de la torre, la pileta de la fuente murmura aún el místico rezo de antaño. En los barrios de abajo del Puente y en el mismo corazón de la Lima vieja, subsisten patios abiertos y floridos y balcones confidenciales como confesionarios. Y el viajero prefiere el sabor arcaico del convento de San Francisco y del palacio de Torre Tagle, el enervante aroma de la quinta de la Perricholi, a la vertiginosa excursión por las pistas asfaltadas que llevan al Leuro o al Country Club.


    Los protectores de la ciudad
    Tuvo la ciudad sus genios tutelares que la levantaron de humildes cimientos, que le otorgaron insignes títulos de nobleza, que la hicieron renacer de sus escombros o prestaron decoro y grandeza a su riqueza arquitectónica.Al que no le recuerda el bronce, o la inscripción lapidaria, el nombre de una calle o el de un instituto, le perpetúa insuperablemente su propio duradero vestigio.

    Pizarro es el primero de todos. Es el Júpiter capitolino que cuyo cerebro brota armada y escudada la diosa del casco alígero. Hizo más que trazar el plano de la ciudad, marcar el cuadro de la Plaza Mayor y poner el primer madero de la iglesia. Le legó con el episodio de su muerte su primera y más grande anécdota.

    Carlos V le dio para su alarde el escudo que hasta hoy conserva, en el que alternan águilas y coronas sobre el heráldico azul de la lealtad. Gerónimo de Loayza, mirífico pastor de almas, fundó el primer hospital, en el que, para no ser extraño a la historia y al dolor de la casa, se reservó el último lecho. El marqués de Cañete levantó el primer puente de madera sobre el río. Al conde de Nieva le sorprendió la muerte romántica cuando levantaba los arcos de los portales. El virrey Toledo inauguró la Universidad de San Marcos, lustre de la vida colonial, e hizo correr el agua traída por el primer acueducto, en la fuente de la Plaza Mayor. El de Montesclaros reconstruyó la ciudad, destruida por un terremoto; levantó el puente de piedra que hasta hoy le recuerda e inauguró el primer teatro. El de Salvatierra instala la magnífica pila de la Plaza. El duque de la Palata y el conde de la Monclova reedifican Lima, arruinada en 1687; el de Navarra y Rocafull encierra la ciudad dentro del cerco de una muralla para defenderla de las miradas de los piratas, y el de Portocarrero restaura los portales. El tercer reconstructor de la ciudad es el conde de Superunda. Lavalle le considera el segundo fundador de la ciudad, y afirma que la Lima de hoy no es la que fundó Pizarro, sino la que formó el virrey Manso sobre las ruinas de aquélla. Amat, virrey del placer, edificó la Plaza de Toros y, para seguridad de los primeros nocherniegos limeños, estableció el alumbrado y las rondas. Además, echó a los jesuitas. Al virrey Croix le corresponde la gloria de haber fundado el Colegio de San Carlos, como a Gil y Lemus la de haber auspiciado el Mercurio Peruano, la más ilustre publicación limeña. O’Higgins, porque es el único virrey inglés y porque está cerca el fin del Virreinato, hace abrir una carretera. Y, parece una coincidencia simbólica, Abascal, que es en realidad el último de los virreyes y el más conspicuo de ellos, lega a la ciudad el Cementerio.

    A la lista virreinal hay que agregar la de los penates republicanos. San Martín fundó la Biblioteca Nacional. Bolívar creó la organización local, dividiendo la ciudad en cuarteles. Castilla, Balta, Meiggs, Fuentes, Piérola y Leguía marcan luego las etapas civilizadoras ya señaladas.

    El alma limeña
    Faltarían un capítulo y un atributo esencial de la ciudad si no habláramos del alma limeña. Hablar no más, ya que definir lo que es inaprensible, sería empeño presuntuoso. 

    Algo hay, en efecto, de impalpable, pero de real; de desvanecido, pero presente; algo que bien pudiera ser la huella de los más culminantes momentos de su vida o acaso tan sólo una sugestión histórica hallada en los libros; pero es lo cierto que, extraños y nativos, hallan en la fisonomía de la ciudad, en el ambiente de sus calles o de sus rincones antiguos, una como extraviada nostalgia. El pasado vive y persiste en Lima, y atrae con fuerza innegable. Todo en ella tiene una historia. El nombre de una calle, la inscripción de un muro o de un frontispicio, perpetúan un episodio, nimio o característico, conocido u olvidado, pero con un fondo de vida que se aferra, con ansias de no perecer, a algún último vestigio. Historiadores y cronistas han exaltado, extendido y pormenorizado ese culto por la leyenda de la ciudad, al punto que ella constituye todavía su gala mejor y más genuina.

    Pero, no sólo en la tradición residió el atractivo y perdura el alma de Lima. En el carácter ligero y burlón de sus habitantes, en la fina gracia de sus mujeres, en el malicioso ingenio y la agudeza de los limeños, señalaron los viajeros la nota más típica y local de nuestra espiritualidad. Fuera redundancia insistir en el elogio de esa sal criolla que se derrocha en las calles y en los papeles, en los labios y en la pluma, y que hace que conversaciones y versos y periódicos trasciendan siempre un poco a epigrama. En la vida nacional aseguran que fue perniciosa esta irreflexividad limeña, ese “estar siempre de burlas”, que condenara “el Discreto”. En la literatura, esa traviesa disposición determinó, en cambio, la aparición de un género peculiar, espontáneo y risueño, al que se ha dado el nombre de “criollismo”, cuando es más bien limeñismo.

    Añorando y riendo escribieron los más auténticos limeñistas, los intérpretes y los evocadores de la ciudad, aquellos por quienes ésta vive en la historia y en la literatura. El más glorioso de todos, el que unió en más sutil alianza tradición e ingenio, lo perdurable y lo efímero del alma limeña, fue don Ricardo Palma. Se confunden de tal modo su picardía con la picardía de la ciudad, la tradición que él noveló con la historia auténtica, que no se sabe ya con fijeza si fue la ciudad la que lo forjó malicioso, o si él le ha prestado su endiablada travesura, si las tradiciones relatan sucesos que pasaron en Lima o si transcurrieron tan sólo en el Virreinato de gracia de su fantasía.

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    *    En Porras Barrenechea, Raúl. Pequeña Antología de Lima (1535-1935). Lisonja y vejamen de la Ciudad de los Reyes  del Perú. Cronistas, viajeros y poetas. Madrid, Imp. de Galo Sáez, 1935, pp. 1-44.
    ** Historiador, bibliógrafo y maestro universitario. Fue uno de los representantes más destacados del movimiento de Reforma Universitaria en el Perú y el líder indiscutido del círculo intelectual más influyente del Perú en el siglo XX.


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